y allá se sentó. En la última balda de una nevera tamaño mini-bar. En la casita de la playa. Minutos antes de comer hummus y ensalada de tofu. Eran las 2 y 10 de la tarde.
Después de un rato, como si lo hubieramos hablado y llegado a un acuerdo (aunque no lo hubiéramos hecho) mi letra favorita del abecedario de color miel y huellas de pie arena (talla 19 europea) miró al mar y dijo "ahí tá".
En casa. En medio de la lluvia, bajo la luz de mi flash, Nikita me habla. Tengo que hacer un esfuerzo para entenderla. Su Nikitiense mejorado. Todas las noches, una tras otra, N se manifiesta. Y a veces, cuando su inquietud desaparece, permanecemos tumbadas, un rato no muy largo.