mañana del domingo en urgencias
en la camilla N solo decía pa·pa·pa·pa
impotencia
(una vez más)
Hace meses, esperando que llegara la pediatra, en una sala colapsada de niños y niñas, N descubrió (entre la multitud y no me pregunten como), el increible gusano con ruedas. Recuerdo sus ojos, la expresión de su cara (puro botox), su mano gancho (rápida como su deseo). Y se lo quitó. A un niño más grande que eLLa.
De guardería. 8 horas. N de Nikita entre iguales. Una jornada laboral completa. Pero a diferencia de los adultos (o a diferencia de su madre), a las 5.30 pm no hubo forma de despegar sus pies ventosa. eLLa no quería volver a casa. Mi letra favorita del abecedario salió la última, asegurándose, uno a uno, que sus amigos no eran olvidados y sus mamás llegaban a liberarles. 
Son las 6 am. Tomo mi café en la terraza de casa. Leo El Pais, sección internacional. La luz a estas horas nubla mis sentidos. Y no miento si digo que solo oigo pájaros cantar. Y gallinas. A lo lejos, N de Nikita (aún sin desayunar) cual bote en alta mar, viene caminando, se balancea agarradita (fuerte-fuerte) del dedo de su nana Jessica. Contacto visual. Y emergen las sonrisas. Mi Hulk afeminada echa el ancla al mar. Me rodea con sus brazos. Vuelve a ser eLLa. Sin descontrol emocional.